Hace mucho que no tomaba cuerpo la
sensación de escribir. De poder vomitar
un par de líneas que interroguen mi sentir, que digan lo no dicho y que
muestren lo que se esconde en la fachada.
Hace mucho que no tomaba cuerpo la
angustia en mí. Ese dolor en el pecho que aparece al querer decir algo y no
poder, al dolor de guata al despertar y darte cuenta que dormir, desconectar la
conciencia; el habla, los pensamientos, los sentimientos, no arreglaron las
cosas, que todo sigue igual sólo que en un tiempo distinto.
Hace mucho que mis pensamientos no se
ponen de acuerdo con mis sentimientos, y claramente como premisa digna de la
ilustración, los primeros se imponen, ganan terreno como cual combate dentro de
mí. Pienso que no siento nada o que lo que siento es sólo miedo; miedo a ser
alguien que no soy, miedo a sentir lo que no quiero sentir, miedo a querer a
quien no quiero, miedo a demostrar algo que no siento.
Las ideas obsesivas se apoderan un poco de
mis días, de mis afectos, de mi cuerpo. No puedo negar que son mías, no puedo
negar que detrás de cada una de ellas hay un deseo reprimido intentando ser luz
en la oscuridad de mi mente. Me asusta pensarlo y más aún pensar que es
real.
Así mismo la angustia juega conmigo y me
hace querer escapar del amor y, con ello,
escapar de mí.
Pienso que quizás eso pueda ayudar pero aún no siento para qué.
Quizás sirva para darme la razón y dejar de escuchar repetidas veces en el oído
de mi conciencia “no te enamores”.
No siempre el miedo puede ser mi motor, a
veces si es un freno, a veces si me paraliza.
Antes, cuando el instinto de escribir
tomaba cuerpo la angustia se hacia un espacio y nos dábamos una tregua. Ahora,
tomando cuerpo de aquel instinto sociabilizado, la angustia toma aún más cuerpo;
ya no es sólo silencio.
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